lunes, 19 de mayo de 2014

Federico Engels



Federico Engels


Engels nació en 1820, en la ciudad de Barmen, provincia renana del reino de Prusia. Su padre era fabricante. En 1838, Engels, por motivos familiares, se vio obligado, antes de terminar el liceo, a colocarse como dependiente en una casa de comercio de Bremen. Este trabajo no le impidió ocuparse de su capacitación científica y política. Siendo todavía alumno del liceo, Engels llegó a odiar la autocracia y la arbitrariedad de los funcionarios gubernamentales.

Engels fue el más notable sabio y maestro del proletariado contemporáneo de todo el mundo civilizado. Marx y Engels fueron los primeros en demostrar que la clase obrera con sus reivindicaciones surge necesariamente del sistema económico actual, que, con la burguesía, crea inevitablemente y organiza al proletariado. Demostraron que la humanidad se verá liberada de las calamidades que la azotan no por los esfuerzos bien intencionados de algunas que otras nobles personalidades, sino por medio de la lucha de clase del proletariado organizado. Marx y Engels fueron los primeros en dejar sentado en sus obras científicas que el socialismo no es una invención de soñadores, sino la meta final y el resultado inevitable del desarrollo de las fuerzas productivas dentro de la sociedad contemporánea. Toda la historia escrita hasta ahora es la historia de la lucha de clases, la sucesión en el dominio y en las victorias de unas clases sociales sobre otras. Y esto ha de continuar hasta que no desaparezcan las bases de la lucha de clases y del dominio de clase: la propiedad privada y la producción social caótica. Los intereses del proletariado exigen que estas bases sean destruidas, por lo que la lucha de clase consciente de los obreros organizados debe ser dirigida contra ellas. Y toda lucha de clases es una lucha política.

Pero cuando los dos amigos, en la década de 1840, participaban en la literatura socialista y en los movimientos sociales de aquel tiempo, estos puntos de vista eran completamente nuevos. En el ardor de la lucha por la libertad política, en la lucha contra la autocracia de los monarcas, de la policía y del clero, no percibían el antagonismo existente entre los intereses de la burguesía y los del proletariado. Estos hombres ni siquiera admitían la idea de que los obreros actuasen como una fuerza social independiente. De expresar en pocas palabras los méritos de Marx y Engels ante la clase obrera, podría decirse que enseñaron a la clase obrera a tener conocimiento y conciencia de sí misma.

La filosofía de Hegel hablaba del desarrollo del espíritu y de las ideas: era una filosofía idealista. Del desarrollo del espíritu deducía el desarrollo de la naturaleza, el del hombre y el de las relaciones entre los hombres, el de las relaciones sociales. Marx y Engels, rechazaron su preconcebida concepción idealista; analizando la vida real, vieron que no es el desarrollo del espíritu lo que explica el desarrollo de la naturaleza, sino, a la inversa, que el espíritu tiene su explicación en la naturaleza, en la materia. Contrariamente a Hegel y otros hegelianos, Marx y Engels eran materialistas.

Enfocando el mundo y la humanidad desde el punto de vista materialista, vieron que, lo mismo que todos los fenómenos de la naturaleza tienen por base causas materiales, así también el desarrollo de la sociedad humana está condicionado por el desarrollo de las fuerzas materiales, las fuerzas productivas. Del desarrollo de las fuerzas productivas dependen las relaciones en que se colocan los hombres entre sí en el proceso de producción de los objetos indispensables para la satisfacción de las necesidades humanas. Y en dichas relaciones está la clave que permite explicar todos los fenómenos de la vida social, los anhelos del hombre, sus ideas y sus leyes. El desarrollo de las fuerzas productivas crea las relaciones sociales, que se basan en la propiedad privada; pero vemos ahora también cómo este mismo desarrollo de las fuerzas productivas despoja de la propiedad a la mayoría de los hombres para concentrarla en manos de una insignificante minoría; destruye la propiedad, base del régimen social contemporáneo, y tiende al mismo fin que se han planteado los socialistas. Estos sólo deben comprender cuál es la fuerza social que por su situación en la sociedad contemporánea está interesada en la realización del socialismo e inculcar a esta fuerza la conciencia de sus intereses y de su misión histórica. Esta fuerza es el proletariado. Engels lo conoció en Inglaterra, en el centro de la industria inglesa, en Manchester, adonde se trasladó en 1842, como empleado de una firma comercial de la que su padre era uno de los accionistas. Allí Engels no se limitó a permanecer en la oficina de la fábrica, sino que anduvo por los barrios inmundos en los que se albergaban los obreros y comprobó con sus propios ojos la miseria y las calamidades que los azotaban. No conformándose con sus propias observaciones, Engels leyó todo lo que se había escrito hasta entonces sobre la situación de la clase obrera inglesa y estudió minuciosamente todos los documentos oficiales que estaban a su alcance. Como resultado de sus observaciones y estudios apareció en 1845 su libro La situación de la clase obrera en Inglaterra. Ya hemos señalado más arriba en qué consiste el mérito principal de Engels como autor de dicho libro. Es cierto que también con anterioridad a Engels -fueron muchos los que describieron los padecimientos del proletariado e indicaron la necesidad de ayudar a éste-, pero Engels fue el primero en afirmar que el proletariado no sólo constituye una clase que sufre, sino que precisamente la miserable situación económica en que se encuentra lo impulsa inconteniblemente hacia adelante y lo obliga a luchar por su emancipación definitiva. Y el proletariado en lucha se ayudará a sí mismo. El movimiento político de la clase obrera llevará ineludiblemente a los trabajadores a la conciencia de que no les queda otra salida que el socialismo. Por otra parte el socialismo tan sólo se transformará en una fuerza cuando se convierta en el objetivo de la lucha política de la clase obrera. Estas son las ideas fundamentales de la obra de Engels sobre la situación de la clase obrera en Inglaterra, ideas aceptadas ahora por todo el proletariado que piensa y lucha, pero que entonces eran completamente nuevas. Estas ideas fueron expuestas en un libro escrito con amenidad, lleno de los cuadros más auténticos y patéticos en los que se mostraban las calamidades del proletariado inglés. Era un libro que constituía una terrible acusación contra el capitalismo y la burguesía. La impresión que produjo fue muy grande. En todas partes comenzaron a citar la obra de Engels como el cuadro que mejor representaba la situación del proletariado contemporáneo. Y en efecto, ni antes de 1845 ni después apareció una descripción tan brillante y veraz de las calamidades sufridas por la clase obrera.

El 5 de agosto de 1895 falleció en Londres.

sábado, 17 de mayo de 2014

Ejercicio 1: Palacio de Minería









Ejercicio 1: Academia Antigua de San Carlos









Francisco Xavier Clavijero y Cornelius De Pauw

Cornélius De Pauw (1739-1799)

Fue un filósofo, geógrafo y diplomático holandés en la corte de Federico el Grande de Prusia. Este personaje fue considerado en su época uno de los mejores especialistas en el Nuevo Mundo.

El descubrimiento de América en el siglo XV propició la génesis de temas de reflexión tanto para la filosofía como para la naciente antropología. Al asombro por el encuentro de nuevos espacios geográficos se unían las polémicas sobre si se debía considerar o no a los habitantes de estas tierras como seres humanos. El erudito holandés Cornélius de Pauw estaba convencido de que los aborígenes de América del Norte eran una raza inferior condenada a quedar fuera del “movimiento de la historia”, en 1830 Hegel afirmaba, en su célebre Introducción a la filosofía de la historia, que los habitantes de África ocupaban, decididamente, el escaño más bajo de toda la “infrahumanidad”: los negros, estaban al mismo nivel de los objetos sin valor.

A pesar de que nunca había pisado América, en su obra Recherches philosophiques sur les Américains (1768-1769) es considerada plenamente anti-americana e influenció a muchos intelectuales de su época, heredero de una concepción iluminista que tenía a los habitantes de las sociedades no europeas como salvajes.

De Pauw considera que el descubrimiento del nuevo mundo es una desgracia para la civilización europea pues el nuevo continente es monstruoso. Para él, el clima es el principal culpable de la degeneración de sus habitantes. Eso implicaba que menospreciaba por igual a indígenas que a criollos. El filósofo holandés tampoco creía en los cronistas españoles y mucho menos en la gloria de los grandes imperios Inca y Azteca, pues consideraba que los conquistadores habían exagerado por vanidad.

La única cosa que De Pauw reconoció y en la que medianamente podría tener razón, es en que los españoles explotaban los nuevos territorios de una forma salvaje. Su solución era que los europeos regresaran a casa, la tierra elegida y dejaran a los indios a su suerte. Lo más sorprendente de todo este asunto es que De Pauw fuera considerado un experto en la materia. La importancia de este "científico" para Clavijero, radica en que en sus textos se pueden resumir todas las falacias de los demás difamadores de América (entre los que cuenta a Tomas Gage, Comte de Buffon y Guillaume-Thomas Raynal).

Francisco Xavier Clavijero (1731-1787)



Investigador profundo de nuestra realidad cultural e histórica fue el humanista Francisco Xavier Clavijero. Nació en el puerto de Veracruz el 9 de septiembre de 1731. Desde su más tierna infancia estuvo en contacto con la sociedad nativa, pues su padre, Blas Clavijero, fue alcalde mayor en Teziutlán y en Xicayán de la Mixteca. Gracias a la convivencia con el mundo indígena, aprendió náhuatl, otomí y la lengua mixteca. Estudió en el colegio de los jesuitas en Puebla y, finalmente, entró en la Compañía de Jesús, en el noviciado de Tepotzotlán, en febrero de 1748. Siempre destacó por su memoria y capacidad intelectual, atributos que lo recomendaron como catedrático de letras y filosofía al concluir sus estudios en el Real Colegio de San Ildelfonso. Entonces leyó autores poco ortodoxos para su época y profesión, como Newton, Bacon, Leibniz y Gassendi.

Clavijero impartía su cátedra en el Colegio de Guadalajara, cuando se enteró que debía abandonar el país, debido a la real orden de expulsión de los jesuitas, que llegó a la Nueva España el 30 de mayo de 1767. Sin resistirse, acató el mandato. Con la única compañía de una muda de ropa y un breviario, subió al paquebote Nuestra Señora del Rosario para dirigirse a Italia, aunque tuvo que hacer una escala forzosa porque su embarcación naufragó en el trayecto; sólo se salvó, según sus palabras, por intercesión de la Virgen de Guadalupe.

Al llegar a Italia, sus superiores lo enviaron a Ferrara, al norte de la península. Cuando dio a conocer su deseo de dedicar su pluma a la historia mexicana, se le concedió permiso de trasladarse a la cercana ciudad de Bolonia, donde se fundó, a finales del siglo XI, la primera universidad de occidente, dotada de grandes archivos y bibliotecas. En este ambiente letrado convivió con otros hermanos de orden que compartían sus inquietudes, como Francisco Xavier Alegre, autor de la Historia de la Compañía de Jesús en Nueva España, el poeta Diego José Abad y los humanistas Manuel Iturriaga, Rafael Landívar, José Mariano Vallarta, entre otras muchas luminarias, sin dejar de contar a los bibliófilos y coleccionistas de antiguallas, como el conde de Ferrara, que le dieron acceso a documentos poco conocidos del pasado mexicano para preparar su magna obra. También solicitó libros y documentos desde Cádiz, Madrid y otras ciudades europeas.

Clavijero escribió la Historia antigua de México en su lengua materna y luego, para facilitar su impresión y satisfacer la solicitud de sus amigos de la península itálica, la tradujo al italiano. La Historia antigua de México del jesuita criollo tiene el mérito no de ser la primera que se escribió sobre el tema, ya que la preceden obras insignes como las de Sahagún, Motolinia, Mendieta, Muñoz, Chimalpáin y Tezozomoc, sino de abordar el pasado en forma completa y sistemática, bajo los criterios y métodos del siglo de las luces.

Sin caer en exageraciones, Clavijero exaltó la antigüedad prehispánica, equiparando el mundo azteca con la cultura grecorromana y desarrolló la idea de una patria mexicana, considerando el pasado indígena como patrimonio de todos los nacidos en el territorio, sin distinción de raza:

"Cuatro clases de hombres pueden distinguirse en México y otros países de América.
1. Los americanos propios, llamados vulgarmente indios, esto es, los que descienden de los antiguos pobladores del Nuevo Mundo y no han mezclado su sangre con la de los pueblos del Antiguo Continente.

2. Los europeos, asiáticos y africanos establecidos en aquellos países.
3. Los hijos o descendientes de éstos, llamados por los españoles criollos, aunque tal nombre se da principalmente a los hijos o descendientes de europeos, cuya sangre no se ha mezclado con la de los americanos, asiáticos o africanos.

4. Las razas mezcladas, llamadas por los españoles castas, esto es, aquellos que nacen o descienden de europeo y americana, o de europeo y africana, o de africano y americana, etc.

Todas estas clases han sido infamadas y menospreciadas por Pauw, quien supone tan maligno el clima del Nuevo Mundo, que hace degenerar, no sólo a los criollos y a los americanos propios nacidos allí, sino también a los europeos habitantes de aquellos países, a pesar de haber nacido bajo un cielo tan benigno y un clima tan favorable, como lo cree para todos los animales […].”


De Pauw había descrito el genio embrutecido de los aborígenes de América. Clavijero nos menciona:

"Si recorriéramos las otras naciones de Asia y África, apenas encontraríamos una parte, no muy grande, que no sea de color más oscuro, y en la cual no se adviertan irregularidades más enormes y defectos más grandes que cuantos censura Paw en los americanos. El color de éstos es mucho más claro que el de casi todos los africanos y los habitantes del Asia meridional. La escasez de barba es común a los habitantes de las islas Filipinas y de todo el Archipiélago Indiano, a los famosos chinos, japoneses, tártaros y a muchas otras naciones del Antiguo Continente, como es manifiesto para quienes tengan alguna noticia de la variedad de la especie humana en los diversos países de la tierra. Las imperfecciones de los americanos, por grandes que se quieran representar, no son comparables con los defectos de los inmensos pueblos cuyo carácter hemos bosquejado, y de otros que omitimos. Todo esto debería haber contenido la pluma de Paw; pero lo ha olvidado o acaso lo disimuló maliciosamente.

Pauw presenta a los americanos débiles y enfermizos; Ulloa, por el contrario, afirma que son sanos, robustos y fuertes. ¿Quién de los dos merecerá de nosotros más crédito, Paw que desde Berlín se puso a filosofar sobre los americanos sin conocerlos, o Ulloa que por algunos años los vio y trató en diversos países de la América meridional? ¿Paw que tomó el empeño de vilipendiarlos y envilecernos por establecer su disparatado sistema de la degeneración, o Ulloa, que aunque, por otra parte, poco favorable a los indios, no trató de formar ningún sistema sino solamente escribir lo que juzgaba cierto?"


En su sexta disertación, Francisco Xavier Clavijero se encargó de realizar una de las mejores y más exaltadas defensas de la cultura americana frente a los enciclopedistas europeos embarcados en la moda de despreciar y bestializar todo lo proveniente de América. En esta ocasión Clavijero desmiente los aberrantes argumentos de "Pauw"

“[…] Si Pauw hubiera escrito sus Investigaciones filosóficas en América, podríamos sospechar la degeneración de la especie humana bajo el clima americano; pero como vemos que esta obra y otras muchísimas del mismo calibre se hacen en Europa, nos confirmamos más en la verdad de aquel proverbio italiano tomado de los griegos: Todo el mundo es país."